LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Se lee lo que se puede


[The Bookworm, de Alexandre-Gabriel Decamps]

Como el curso del curso va tomando ya velocidad de crucero (aunque hoy tengamos una parada técnica), me faltan horas en mi jornada de jornalero docente para la provechosa y deleitosa lectura (aparte, claro, la académica y tediosa). Con todo, voy consiguiendo leer algunos libros, porque son breves, ligeros, amenos. Algunos de poemas, como Galope de la suerte, de Arturo Serrano Plaja, que me ha llevado a buscar sus otros libros, El hombre y el trabajo y La mano de Dios pasa por este perro, de los que ya daré cuenta en cuanto me los traiga el cartero. O El engaño de los días, donde Dionisia García se tusqueriza, pero no cambia, afortunadamente.

Hojeo algunas revistas, como el primer número, muy prometedor, de Paraíso, que en Jaén dirige Juan Carlos Abril. O el último de Clarín, donde Andrés Trapiello se despacha a gusto (y yo creo que justo) contra Santos Sanz Villanueva, y donde vienen unos estupendos microrrelatos de Sylvia Ugidos, Ángel Alonso, Javier Almuzara et alii no menos deslumbrantes. Y una reseña de Los placeres melancólicos en donde por primera vez se le hace justicia (poética) a mi admirado Juan Peña.

También libros que se leen del tirón, como los Pensamientos de Antoine de Rivarol que ha editado Periférica, una editorial a seguir. O dos de Pemán. El uno reciente, las Siluetas literarias que ha antologado Juan Lamillar. Otro sacado de una biblioteca, Mis encuentros con Franco. Ambos son deliciosos, porque hay que reconocer que Pemán escribía bastante bien, con soltura, con desparpajo, con gracia. Pero el segundo me deja muchos interrogantes. Sobre los que, por desgracia, no tengo tiempo de pararme a pensar. Franco sigue siendo un enigma. Pemán no lo resolvió. Yo, tampoco. Dejemos el asunto en barbecho, que ya tocará, si toca.

En cambio, a libros de más enjundia filosófica he tenido que renunciar. Por las noches, en el breve paréntesis que va del encamarse al dormirse, y que en mi caso suele ser realmente muy breve, no porque tenga la conciencia muy tranquila, sino porque madrugo mucho, leo algo entretenido, no una novela, que me induciría tal vez al trasnoche y al desvelamiento, sino, por ejemplo, ahora, los Cuentos de Emilia Pardo Bazán, una sorpresa muy, pero que muy agradable. Y eso que tienen más del siglo.

Pero para los libros de enjundia necesito mesa, silla, papel, lápiz. Así que he tenido que renunciar, de momento, a Girard, a Popper, a Dawson, a Edith Stmith… que aguardan sobre mi mesa tiempos mejores.

Sí que he conseguido leer, aunque no entero, bien es verdad, uno de estos libros densos e intensos. Sexo y carácter, de Otto Weininger, se publicó en Viena en 1902. Inmediatamente se sucedieron las ediciones. En España lo tradujo Felipe Jiménez de Asúa, y en esta traducción lo leo yo, aunque en la reedición de Península de 1985. Se trata de un auténtico tratado de misoginia, el último tratado de misoginia del siglo XX, quizás. Su tesis me repugna. Digo, que repugna a mi inteligencia y también a mi experiencia de las mujeres. Pero también me repugna (de nuevo, a mi inteligencia) lo que dice Castilla del Pino en el prólogo: que Weininger escribió lo que escribió porque padecía un “complejo de castración”. Venga ya, don Carlos. Como en el libro de Pemán sobre Franco, aquí me quedo con el tema en barbecho, esperando a tener tiempo para pensarlo más a fondo. Pues eso, démosle tiempo al tiempo. Porque lo de Weininger tiene miga.

Y, por supuesto, leo prensa, leo blogs. Así, por ejemplo, me he enterado de que Ramírez Lozano ha ganado por tercera vez el premio de poesía de Mérida. Lo dice Álvaro Valverde en su blog. Tendré que preguntarle a Ramírez. Y consultar las bases.

Pero que Ramírez Lozano gane un premio no es noticia. Sí lo es el nombre de Sheldon Vanauken, cuyos textos publica estos días el blog de Codalíes, y que entrará a formar parte de mi Breve antología de conversos.

En fin, que apenas tengo tiempo para leer, pero por lo menos puedo inventar los títulos de los libros que me gustaría escribir.

2 comentarios:

Álvaro Valverde dijo...

Por alusiones. Ramírez Lozano ha ganado por tercera vez el premio "Ciudad de Mérida": dos veces el de poesía y una vez el de novela. Que conste. Con todo, como bien dices, que gane un premio más es, como uno mismo decía, una no noticia. Saludos.

pies diminutos dijo...

Tú que no lees lo que te apetece por ser docente, y yo que no leo lo que quiero por ser alumna... vivan las vacaciones de verano!